Siempre adelante, con cáncer de mama

Siempre adelante, con cáncer de mama

El temor a una ruptura y el proceso de cáncer de colon de la madre de su pareja hicieron que Ana comenzase los primeros meses de su historia con el cáncer de mama en secreto. 

 

“Dejé de hablar con todo el mundo, solo se lo conté a mi madre porque era la que venía conmigo”. 

 

Sólo dos semanas iban a separar el fin de la quimio de su suegra de su comienzo, un 19 de septiembre. Tenía 45 años y debía acudir a la revisión anual de ginecología. Un pequeño bulto en la ecografía que había pasado desapercibido en la mamografía. Parecía no ser nada. No obstante, le hicieron una palpación mamaria y una biopsia para asegurarse. Ella también hacía palpaciones regularmente, había aprendido a través de internet, pero no había notado nada. 

 

El bulto tenía que ser extirpado en cualquier caso así que eran necesarias más pruebas para determinar qué era exactamente. Una nueva ecografía y otra biopsia fueron suficientes para que su médico fuese muy tajante “tienes cáncer de mama y es de los más agresivos”. Tras un estudio de extensión posterior, que determinaría que sólo el pecho estaba afectado, un comité multidisciplinar estudiaría el plan terapéutico más adecuado para la situación. 

La cirugía sería el primer paso. Tumorectomía y extirpación de 22 ganglios afectados. El 1 de agosto se sometió a la tumorectomía y extracción de tres ganglios, conservaba así parte del pecho y la reconstrucción fue inmediata. En una segunda operación el 25 de agosto le retirarían los 19 ganglios restantes. El Dr. Muñoz, cirujano, le explicó exhaustivamente todo el proceso, valorando sus inquietudes acerca de la reconstrucción, algo que la tranquilizó mucho. El postoperatorio fue sin dolores y apoyada en todo momento por su pareja y familia. Sólo echó en falta haber sido informada de los posibles efectos secundarios de la cirugía: tenía el brazo hinchado por los ganglios extirpados. 

 

Tras la cirugía, fueron seis meses de quimioterapia. Sesiones cada tres semanas los tres primeros meses que pasarían a ser semanales los meses restantes. La habían informado muy bien de los posibles efectos secundarios. Lo que peor iba a llevar era la caída del cabello. Ana es peluquera, aunque ya no puede ejercer por su brazo hinchado (linfedema), y una profesión tan ligada a la imagen hizo que le afectase más. 

 

Sufrió insomnio. No podía dormir nada y los calambres, junto con el dolor de pies, hacían que moverse fuese algo complicado: todo era más lento. Asumió que no podría con todo y pidió ayuda a su madre. Pudo llevarlo bastante bien, dentro de lo que cabe. 

Lo peor fue el pelo. Despedirse de cada mechón al cepillarse. Se veía mejor y más femenina con peluca y decidió ponérsela desde el principio. Y un gorrito para el frío del invierno. Al principio le costó, pero cuando llegó el verano ya se había adaptado a ella. 

 

“Seguí haciendo lo mismo, pero más lento. Me sorprendió que pudiese hacer lo que hacía siempre, pero tardando más. Creí que yo no podría hacer nada, que estaría KO en la cama”. 

 

Aún tiene calambres y recuerda el miedo a empezar la quimio. Y recuerda su curiosidad cuando se la administraban… y el queso, el pan y el plátano que comía esperando su turno cuando iba a las sesiones. Recuerda anécdotas y que, cuando no llegaba, pedía ayuda. 

 

“Lo que me decían mis médicos lo hacía: ¡vamos pa’ allá!” 

 

Y llegó el turno de la radioterapia. Dieciséis sesiones. Se le enrojecía un poco el pecho pero, gracias a una crema, no supuso un gran problema. Superada la parte más dura, tocaba visitar a su oncóloga. Le recetó pastillas que, por el tipo de tumor (hormonal), bloquearían las hormonas y evitarían al cáncer nutrirse de ellas. Tamoxifeno e inyecciones trimestrales de zoladex para evitar la recaída. Evidencias científicas decían que era lo mejor para su tipo de tumor. Un tratamiento personalizado para el cáncer de mama gracias a la investigación. Pero las pastillas tienen sus efectos secundarios: calambres, dolores y la mano derecha a veces no le responde ni tiene fuerza en ese brazo. Tampoco le pueden extraer sangre del brazo derecho para analíticas. 

 

“Las pastillas fueron muy duras al principio, pero son lo que necesito para seguir adelante”. 

 

Ana destaca la importancia de la prevención, el “más vale prevenir que curar”, y perder el miedo a la quimio. Considerarla como un paréntesis tras el cual volverás a “tener vida normal”. Una segunda oportunidad para asegurar la vida y evitar recaídas tras la cirugía. 

 

Su médico fue un gran apoyo. Aclaraba todas sus dudas, instándole a apuntarlas en un papel para mostrarlas en la consulta. Un gran profesional, cercano y comprensivo que la ayudaba a llevarlo lo mejor posible. Manteniéndose informado acerca de los últimos tratamientos e investigaciones consiguió que, en lugar de estar 10 años con pastillas, fuesen 5 los años compaginándolas con las inyecciones trimestrales. 

 

“Estoy orgullosa de mí misma porque he sabido llevar la situación, no me vine abajo. Pensé que estaría en un rincón auto compadeciéndome, pero me sorprendí a mí misma siendo tan fuerte”. 

 

Madurez y saber cuándo pedir ayuda dejando el orgullo a un lado también ha sido algo muy importante para Ana. 

 

“Soy mucho más feliz, antes todo era trabajar, trabajar y trabajar. Ahora vivo la vida y la disfruto al máximo. Antes pensaba siempre en los demás y poco en mí, yo era la última en mis prioridades. Ahora la primera soy yo”. 

 

Le gustaría olvidar la caída del cabello, fue algo traumático, pero lo recuperó rápidamente. Ana es así con todo, ve la parte positiva de las cosas. Ahora no tiene que preocuparse de la hora y se lo toma todo con más calma. No puede ejercer la profesión que tanto le apasionaba (discapacidad laboral por linfedema) pero, por contra, ya no hay horarios. Tiene todo el día para sí misma. 

 

“Ahora puedo viajar cuando quiera a la hora que sea, antes estaba condicionada”. 

Durante todo el proceso del cáncer de mama pudo comprobar con sorpresa cómo era la gente que la rodeaba. Ha podido ver a las personas que realmente la apreciaban y que ahora son las que forman parte de su vida. 

 

No necesitó ayuda psicológica pero sí que acudía a un “café entre amigos”, el grupo de apoyo en el que conoció grandes personas. Allí encontró todo el optimismo, la fuerza, el carisma y la entereza en un paciente con cáncer de páncreas para apoyarla: 

 

“Gracias Alfredo, siempre para adelante, nunca para atrás”. 

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