Cuando la actitud cuenta. Tamara, paciente de cáncer de mama 

Cuando la actitud cuenta. Tamara, paciente de cáncer de mama 

Seguro que conoces esa sensación: cuando de repente oyes, pero no escuchas. Es como si los sonidos resonaran de muy lejos y todo lo que hay a tu alrededor desapareciera. Esto es justamente lo que le pasó a Tamara cuando le dijeron que tenía un cáncer maligno. Desconectó. Todo se desvaneció en el momento más dulce de su vida.  

 

Tenía 30 años y acababa de dar a luz a su hermosa niña. Poco antes se había reincorporado al trabajo después de regresar de EEUU, una asignatura pendiente que tenía desde hace tiempo. Sentía que lo tenía todo. Durante los primeros meses de lactancia se notó un bultito en la axila. Se fue al Centro de Atención Primaria y la tranquilizaron diciéndole que no era nada y que probablemente sería algún quiste generado por la lactancia. “Mi madre había fallecido de cáncer y no conseguía quitarme ese bultito de mi cabeza”- cuenta Tamara. Así que decidió regresar al médico, esta vez a su ginecólogo, para que la sacaran de dudas.  

 

La examinaron y estuvieron 5 horas haciéndoles pruebas. “En el fondo fui pensando que era una tontería y cuando me dijeron que tenía cáncer no podía dejar de pensar en mi hija y en mi marido”. El cáncer que le detectaron a Tamara era HER2 positivo. Se trata de un cáncer hormonal y como suele ser hereditario le hicieron un estudio de su árbol genealógico para ver de dónde podía proceder y, lo más importante, prevenir a su familia. En su caso, ella era la paciente 0, es decir, no se había detectado ningún otro caso previo en la familia que se conociera, así que tenía que poner en alerta a su hermana y, en el caso de su hija recién nacida, a partir de los 18 años empezar a hacer revisiones periódicas para que en caso de que hubiera la más mínima posibilidad de aparecer, detectarlo lo antes posible.  

 

Además de todo esto, tenía que tomar otra decisión vital para ella. ¿Quería tener más hijos? Si no era suficiente con lo que se le había venido encima, ahora tenía que pensar en pocos días si quería congelarse óvulos puesto que todo el tratamiento al que tenía que someterse no le permitiría poder ser madre de nuevo de forma natural. Así que decidió someterse a una extracción de óvulos y congelarlos por si en un futuro quería tener un segundo hijo. 

En el caso de Tamara el tumor medía 5,5 cm. Primero había que reducir y después inevitablemente habría que realizar una mastectomía. “Por aquel entonces llevaba una melena larguísima, me encantaba mi pelo, pero en cuanto empecé la quimio me rapé directamente”. Sus tíos le regalaron una peluca de pelo natural, nunca les podrá estar más agradecida: necesitaba recuperar la sensación de seguridad”. Su marido se convirtió en su principal apoyo, un apoyo incondicional en todo el proceso. “Siempre me hizo sentir guapa. De hecho, me puso la película de La teniente O’Neill y me preguntó si no veía guapa a Demi Moore sin pelo. Le dije que sí y el me respondió que yo estaba igual de guapa que ella”.  

 

Después de cinco sesiones de quimio llegó el momento de la intervención. Tamara estaba hecha un lío, pero su cirujana la acompañó para que escogiera la opción que más cómoda la hiciera sentir. En la misma intervención le extirparon el pecho, le hicieron la reconstrucción y le extirparon 10 ganglios de la axila. El postoperatorio no fue fácil. Además de ir un par de veces a urgencias, la recuperación del brazo también fue larga ya que perdió cierta movilidad y tuvo que apoyarse en una fisioterapeuta para que le ayudara a recuperar todo el movimiento.

 

“Yo soy muy tozuda y hacia los ejercicios en casa. Hasta que no lo conseguí no paré”.  

 

Han pasado cuatro años. Aun no puede decir que lo haya superado del todo porque hasta que no se cumplen 5 desde el fin del tratamiento tiene que seguir con las revisiones periódicas para confirmar que no se ha vuelto a reproducir.  El cáncer, dice, la ha cambiado a ella: ahora se planta frente la vida con una mente mucho más abierta y ha dejado de juzgar. “Me di cuenta de que no existe una única visión.” Se siente fuerte, empoderada como mujer y como persona, y se siente feliz. Ha cogido consciencia de quién es y tiene muy claro cómo quiere vivir su vida. 

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