La adaptación de un hombre con cáncer de estómago

La adaptación de un hombre con cáncer de estómago

Ésta es la historia de Oriol, un hombre con cáncer de estómago que nos ilustra sobre la innata capacidad de adaptación que tenemos en los momentos más duros.

 

Oriol es un químico al que le gustaba el deporte y el buen comer. Toda la vida sufriendo problemas de acidez que “solventaba” a base de Almax y Omeprazol sin acudir a un nutricionista. Al jubilarse, se propuso ir al médico a tratarse estos frecuentes y tediosos episodios.

 

“Me comía lo que me sentaba mal y luego un Almax”.

 

A pesar de comer bastante, pesaba unos 120kg, siempre había hecho mucho deporte: golf, pádel, esquiar, tenis… Cualquier dieta que empezaba sucumbía a un buen menú, a los placeres gastronómicos.

 

Seis años antes del cáncer, Oriol fue al médico a hacerse una gastroscopia, donde pudieron apreciar signos degenerativos. Tenía mal pronóstico. Cada 6 meses debía ir a revisión para controlar y tomar tratamiento.

 

Oriol estaba felizmente casado cuando a su mujer le diagnosticaron un cáncer de mama. Lucharon contra la enfermedad muchos meses hasta que, lamentablemente, su esposa falleció de un infarto.

 

Las desgracias nunca vienen solas y una semana después de la muerte de su mujer, asimilando y afrontando una vida en soledad, Oriol supo que tenía cáncer de estómago. Fue en su control rutinario de los 6 meses. Tenía mucho reflujo y una hernia. En esa misma visita le detectaron un tumor de cardias y le dijeron que le tenían que operar urgentemente.

 

Buscaron un cirujano digestivo para sacarle el estómago, el tumor era muy agresivo y se desarrollaba muy rápido, por lo que la cirugía era la única opción. Para él fue muy difícil tomar la decisión de operarse:

 

“Cuando me lo detectaron estuve pensando en si me debía tratar o no… mi mujer acababa de morir, tenía 69 años y pensaba que ya no podía hacer muchas cosas. No sabía si pasar o no de tratarme. Lo hablé con mis hijos y ellos me comprendieron, me dijeron que lo entendían si no quería hacer nada”.

 

Aceptó operarse después de que el médico le advirtiera de que, si no lo hacía, iba a padecer muchísimos dolores. Tras la operación, el resultado de la biopsia mostraba que seguía con glándulas afectadas y comenzaron a suministrarle quimioterapia, dejándole 2 meses para recuperarse de la cirugía. Adelgazó 30 kg en esos 2 meses, no tenía hambre, no podía caminar y lo que más le frustraba era comer una hogaza de pan y sentirse saciado. Le habían dejado una parte del intestino preparada para que con el tiempo simulase un estómago, sin funciones propias de éste, pero seguía teniendo acidez.

 

Oriol pensaba en la sintomatología de un infarto las primeras veces que padeció los reflujos: sudores en frío y le dolía el brazo. Le habían retirado toda la medicación que tomaba para el corazón, la hipertensión y los suplementos vitamínicos. Cada mes le inyectaban B12 porque, al no tener estómago, no podía metabolizar los glóbulos rojos.

 

El oncólogo lo quería curar y lo curó, pero Oriol no tuvo el cuidado e información necesaria para prevenir los efectos adversos del tratamiento. La quimioterapia lo limitaba mucho y estaba muy cansado. La parestesia es lo que peor llevaba y sigue llevando, acabó convirtiéndose en crónico ese efecto secundario.

 

“Nadie me dijo que me podía quedar de por vida. Si lo hubiese sabido, habría dicho a los médicos que no me pusieran más de 10 dosis de quimioterapia (me dieron 12). Ya me la juego yo, no hace falta que decidáis todo vosotros”.

 

Tuvo que dejar el deporte debido a que la parestesia de los pies le provocaba dolores. Al menos pudo conservar uno de sus pasatiempos: sus trenes eléctricos, “¡un hobby que no me pudo quitar la quimio!”.

El duelo por su mujer se vio interrumpido porque estaba luchando por sobrevivir. La enfermedad lo mantuvo absorbido y no le dejó ni un momento para el dolor. Durante la época de adaptación estuvo hecho polvo moralmente y lo pasó solo. Llegar a casa y no encontrar a nadie. Sus hijos trabajaban y criaban a sus propios hijos, no sabían gestionar la enfermedad de su padre. Iban a verlo los fines de semana.

 

Además de la soledad familiar, en el hospital tampoco se sintió acompañado:

 

“Nadie me preguntó cómo estaba, cuánto pesaba, si comía, si iba bien al baño, si dormía o no, aunque mi cirujano me animaba mucho y mi oncólogo me transmitía confianza”.

 

Para quien esté pasando por un cáncer o una enfermedad grave, aconseja:

 

“Encontrar algún médico o profesional al que puedas explicarle todo lo que te pasa independientemente de su especialidad. Lo importante es sentirse acompañado y tener confianza para poder hablar”.

 

Logró salir adelante y animarse. Se adaptó al máximo a su enfermedad y a su vida de viudo. Se apuntó a cursos de cocina porque nunca había cocinado. A su mujer le encantaba llevar la economía familiar y la parte legal, por lo que ocuparse de sus nuevas tareas le sirvió para distraerse:

 

“Ella me decía “si algún día no estoy, vas a tener un follón…” y efectivamente, ¡un follón!”.

 

Entre los trenes y la cocina, pudo abstraerse de la enfermedad. Sacó fuerzas para animarse e interesarse por las tareas del hogar.

 

Algo muy bueno que conservó, a diferencia de muchos pacientes, fueron sus amigos y estuvieron todos con él durante todo el proceso. Se llamaban y se veían mucho, cada 2 días. Nadie dejó de hablarle, aunque comenzó a pensar que a lo mejor esa racha de amistades se acabaría. Por lo que decidió ampliar su círculo de amigos.

 

“Tenía miedo a quedarme sólo. Había vivido con mi mujer 40 años y sufría una enfermedad grave, llegaba a casa y no podía comentar nada. Eso hizo que me plantease abrirme más, una tarea para cuando acabase la quimio”.

 

Comenzó a vivir más porque sabía que en cualquier momento algo podía torcerse, por lo que hizo muchos amigos, conoció una nueva pareja y viaja más que antes. A pesar lidiar con la parestesia y la falta de hierro, eso no le frena para hacer planes cada semana y disfrutar al máximo la vida.

 

“Me abrí tanto que conocí una nueva mujer».

 

Está muy orgulloso por cómo ha afrontado la enfermedad, hoy tiene 75 años y nos alegramos mucho porque lleva 6 años curado.

 

¡Gracias por compartir tu historia con nosotros, Oriol!

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